Cansado y hambriento

19 07 2009

Ahí me espera, en un rotundo sonar que dilata mis venas. Entre la vastedad de la decidía y el sosegante susurro de la indiferencia. Tres almas partieron para no más volver. ¿Y qué ha de ser de mí? ¡Desdoblarme entre arrepentimientos y desesperantes gritos de ayuda! Levantar la copa a su salud e intentar seguir adelante con la frente en alto. Se hizo lo que se pudo o se pudo lo que se hizo. Mi capacidades valieron un comino por un instante, mi experiencia inútil. La justificación del aprendizaje adquirido. “Experiencia”; ese acontecimiento del que se vive y del cual se ha de aprender algo, difícil tragarla, difícil dejarla como única justificación. Quedan las palabras del mortal que justifica la derrota, Dios sabe lo que hace. No puedo dejar de preguntarme ¿Qué es? Nadie lo sabe, nadie lo sabrá, al menos no por ahora. Y es en este momento donde mi mente no sabe que hacer, que racionalizar. Mi alma, corazón o conciencia no deja de arder, de sonar, esperando lentamente hasta ver cual será mi reacción. ¡Y será cualquiera menos la indiferencia!, lo prefiero así. Todo menos convertirme en parte de esa máquina burocrática. Y así anidado de esperanza escribo estas palabras, más que buscando explicación, el desahogo. Sabiendo que Dios existe, queriéndolo, sin problemas o resentimientos simplemente preguntándome, cuestionándome, siendo nada más que otro ser humano. Buscando explicaciones que muchas veces no se encuentran. Disfrutando de la contemplación de mis enigmáticos pensamientos e indescifrables sentimientos, que son del mismo pero no son igual. Y es así como termina otro turno, otro día encerrado en este hospital. A veces cansado y hambriento pero encantado de saber a donde voy. Y a esos angelitos que partieron ¡lo siento! El mundo a veces es cruel, sus padres los aman y este médico los recuerda. Sé que ahora me ven desde el cielo.


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