Noticias: NON GRATAS

12 04 2009

Tiempo atrás las responsabilidades y el cansancio eran otros; estudiar, aprenderse unos cuantos casos, llevar pacientes a estudios, muestras, consultas, hacer curaciones, trámites y más trámites. Ahora la situación ha cambiado rotundamente, aprendimos finalmente a delegar, saber que hay ciertas cosas que podemos dejar en manos del “estudiante”; ahora entran en juego ciertas cargas para las que antes simplemente fingíamos demencia.

Entraron al servicio dos pacientes, ambos con historia de fiebre, ambos con adenopatías generalizadas (ganglios inflamados en todo el cuerpo). Uno más pequeño que el otro. El primero tenía un alto grado de probabilidad que fuera Leucemia, era de nacionalidad hondureña y vivía solamente con su madre; una vez dentro del servicio decidí que lo más sabio era preparar a la madre a las posibilidades para que el diagnostico final no la tomara por sorpresa. Al escucharme pinto en sus ojos una tristeza imposible de describir. La enfermedad fue confirmada, pero cuando me senté a explicarle la mamá no tuvo mayor reacción; no puedo juzgarla, probablemente tuvo tiempo para asimilarlo, cada persona toma las noticias de distinta forma y tiene derecho hacerlo. Mi corazón en ese momento se salto un latido.

El segundo caso fue un poco más tortuoso. No existía seguridad de cual iba ser el diagnostico final, la sintomatología era un poco más inespecífica; al igual que el examen físico y exámenes complementarios. Expliqué todo esto a los padres pero nunca hable en términos certeros, les dije que cuando llegara el momento me sentaría a explicarles pero que no lo podría hacer hasta que supiera exactamente que tenía su hijo. Cuando el diagnostico finalmente llegó fue devastador para mí, era una forma rara de Leucemia. Llame a la madre e inicie a explicar la fisiopatología de la enfermedad sin utilizar términos médicos, finalmente llegue al momento en el que no me quedaba más que llegar a la conclusión, “Lo lamento mucho señora, pero su hijo tiene Leucemia” me vio estupefacta, pidió más explicaciones, “¿es una forma de cáncer?” “¿se va morir mi bebe doctor?”, etc. fui directo y deje las cosas lo más claro posible entregándole la mayor esperanza que pude. La señora literalmente colapso frente a mí, su voz entre quebrada, sus mejillas con un lagrimeo constante, la verdad le tomó por sorpresa. Mi corazón se paralizó completamente. Una hora después llego el padre, quien desde el ingreso al servicio se había mostrado colaborador y seguro de sí mismo, mantuvo firme la responsabilidad de ser el que mantiene a flote  la familiar. Ellos son de Izabal, así que al padre solo lo vi de forma intermitente en los días anteriores. Jamás olvidaré su rostro, dejó a un lado todas las mascaras y mostró su verdadero yo, cargado de miedo. Me agradeció por todo, me pregunto cuál sería el siguiente paso, le di tiempo para asimilarlo todo y llorar, el acto más humano de todos, el llanto. Finalmente me agradeció e intenté nuevamente alentar sin dar falsas esperanzas.

Es en estos momentos en los que me aferro firmemente a Dios cuando doy mis explicaciones, lo médicos usamos mucho las estadísticas, sabemos perfectamente que de “X” pacientes “Y” sobreviven, que “Z” examen me da “XY” posibilidad de que sea esa enfermedad o “YX” de que no lo sea, etc. No soy una persona religiosa, pero creo firmemente de que existe algo que es más poderoso que yo. Lamentablemente en el camino de la vida encontré que la religión es más un compromiso para las personas que una verdadera filosofía; los actos siempre deben valer más que las palabras. Como médicos nosotros podemos intervenir todo lo que nuestra sabiduría y los recursos nos lo permita, algunos inclusive dicen que bajo la iluminación de Dios; pero el que tiene la última palabra es Él. Es así como les suplico a los padres que no pierdan la fe… es así como les entrego las noticias non gratas que son parte de mi labor como residente.





Olvidamos… Simplemente… Olvidamos

1 04 2009

“…nuestra época está obsesionada por el deseo de olvidar y, para realizar ese deseo, se entrega al demonio de la velocidad; acelera el paso porque quiere que comprendamos que ya no desea que la recordemos; que está harta de sí misma; asqueada de sí misma; que quiere apagar la temblorosa llamita de la memoria.”

La Lentitud. Milan Kundera

La contemplación de las cosas es el arte relegado de nuestra generación, olvidamos a admirar la belleza que nos rodea. Obsesionados por saltar de actividad en actividad dejamos de lado las cosas más importantes, las que se cosechan lentamente. Nos miramos al espejo y observamos no más que un puño de recuerdos fugases que parecen no ser importantes, ya sea mediante la alcoholización del alma o por medio del materialismo mundano que otras naciones nos pretenden vender. ¿Encontraremos entonces nuestra verdadera identidad? ¿Dejaremos atrás las costumbres heredadas que ni siquiera son nuestras?  El pequeño puño de esperanza que aún vive dentro de mí me dice que sí. Quien sabe, tal vez no viva para verlo; pero prefiero vivir en este mi mundo, a veces utópico, que en el conformismo descorazonado que me rodea. ¿Y quién nos culpa? Mientras la juventud goza de la velocidad para olvidar el aburrimiento que su crianza le ha creado, el resto de la población corre; pero para olvidar el sin fin de desgracias  con  el que nos enfrentamos cada día. Entre corruptos, narcos, mareros y asesinos, no existe aún algo que ande lo suficientemente rápido. Y así, el ciclo vicioso de nuestra nación yace inerte; olvidamos que nos necesitamos los unos a los otros; olvidamos recordar palabras como tolerancia, justicia, verdad, rectitud, bondad, compasión, honestidad, etc.; olvidamos que los imbéciles que nos gobiernan fueron elegidos por el mismo pueblo; olvidamos… en fin… olvidamos… cuando lo más importante… es recordar.

Gracias Kundera, un nuevo maestro. Y gracias a vos Karen, por presentarmelo.