Así es esto

24 10 2008

Te seguís levantado todas las mañanas con el sentimiento de que tu país podría ser algo mejor, el diamante en bruto que nadie pareciera aprovechar para el bien común, la nostalgia del emigrante sigue viviendo en los que nos quedamos aquí. Sabés que cuando caminás por las calles viendo por detrás de tu hombro no estás solo, existen miles como vos esperando ser asaltados, asesinados por un celular, secuestrados de forma equivoca o impactados por una bala perdida. Odio sonar como a los que les gusta vender una patria de victimas y no de luchadores (o triunfadores), pero es cierto, la “libertad” y la “paz” alcanzada por nuestros antepasados no es más que una promesa escrita en papel. Escondidas entre las murallas de cemento están la fauna, flora y demás, observando nuestro avanzar inútil, nuestra inerte forma de comernos los unos a los otros. Es triste, lo sé, pero la muerte se ha convertido en parte de nuestra rutina, las imágenes e historias no parecen ya sorprendernos. Por supuesto que sí, me quedan cosas, los rostros por ejemplo, te lo tengo que confesar: adoro observarlos; su variedad y asimetría, su aspereza, su forma de afrontar el día a día, escondido detrás de la ventanilla de la burra (camioneta, transporte público) disfruto el anonimato que me otorga esta ciudad. Te cuento, justo ahora llegó el fin del año escolar y parezco extrañar las cosas estúpidas que antes me molestaban, los niños caminando por las calles del centro histórico, los buses de los colegios parados en cada esquina, los padres inventado escusas por la llegada tarde de sus chiquillos, etc., vos ya lo sabés, toda esa orquesta sincronizada durante la mayor parte de los meses. Y que más te puedo decir, algunas cosas si cambian, no soy el patojo que era antes, ni creo que vos lo seas. ¿Acaso te las pasas horas cambiando canales? ¿Revisando el perfil de tus amigos por el internet? ¿Cazando mujeres de bar en bar? ¿Embolándote (Emborrachándote) cada fin de semana? Cabal (algo así como “exacto” ó “correcto”), vos lo has dicho, banalidades, nada más que eso, banalidades. Querés oír algo graciosos, los viejos continúan divirtiéndose con las largas cadenas de chistes que te mandan por correo, bueno, tenés razón, no son solo los viejos, pero en ellos lo encuentro más gracioso, cuando se reúnen lo convierten en el centro de la conversación, al parecer hablar de ello es más fácil que intentar dilucidar de donde es que nos encontramos tan pisados (en dificultades). ¿Tan pronto? Está bien, ha sido un gusto hablar con vos, te me cuidadas compadre… ya sabés que acá siempre tenés a donde regresar.





Ansias de apartarse

22 10 2008

Corría hacia veredas destinadas a una servidumbre que no deseaba, intentando no ser mutilado por su falta de misericordia. Fue así como se entregó al caletre que sintió menos perecedero. Malogrando intentos, se asedió dentro de sí, infestándose de espumarajos que no eran más que el producto de su odio hacia lo cotidiano. Evanescentes sentimientos practicaron dentro de él modificaciones que no formaron parte del designio original, otros más duraderos causaban revoluciones mal interpretadas en su exterior o que pasaron desapercibidas. Un estruendoso temor recorría cada una de sus células cual patética alimaña que ve ante si a su único sayón. Acariciaba lentamente el yugo de la rutina cuando repentinamente se percató de lo profundo de aquella cárcava a la que tanto le temió. Los cobistas intentaban mantenerlo compenetrado en algo que nunca profesó como real. Distintos cuervos anidaban constantemente en su fuero interno a merced del reconcomio que ahora yacía frustrado. Una aversión irracional pareciera haberse apoderado de sí mismo. Un deseo de huir, de dejarlo todo sin dar explicaciones. Ponderaba quimeras buscando esas fracciones de serenidad que sentía nunca adquirir. Finalmente se apartó de estas oscuras trochas de argamasa que tan cruelmente tomamos como parte de nuestro entorno. Cerró los ojos y sintió la briza de aquel mineral que durante su juventud había venerado. El gigante de cristal escuchó sus lamentos sin responder mientras numerosas aves reposaban sobre sus arrugas.  Los silenciosos vocablos llenos de sabiduría recalibraron las entrañas del viajero mientras los monumentales promontorios se reían ante tanta lamentación infructífera. Un haz de fortaleza lo escolto en su regreso. Retomó el cabestro de veredas destinadas a la servidumbre que solo él imaginaba. Triunfó pero se escabulló intermitentemente hacia aquel ilustrado que relegamos agasajar. Conservó para sí al medianero que le entregó la sabiduría del mortal que sabe lo que lo hará feliz.

- FIN -





Entre masoquistas y sádicos

12 10 2008

…cómo huir cuando no quedan islas para naufragar…

Peces de Ciudad. Joaquin Sabina

La cortina de humo explota sin resultado. Ahí estoy. Continúo. Existo. Respiro. Me ahogo. Hiperventilo. Cierro lo ojos. Un escalofrío. Los recuerdos me sonrien. Las noches que se quedaron como intentos me darán una bofetada mañana. Un objeto para agregar al cofre que rara vez me atrevo a ver, pero cuyos contenidos permanecen anclados al corazón. Y me niego.  Aunque a veces lo soy. Un pez de cuidad. Pretendiendo olvidar que cualquier cosa no ha sucedido, dando vueltas, disolviendo el tiempo mientras disfruto que la nada suceda. Pescado. Acabado. Dentenido en el tiempo. Los golpes de mi conciencia fueron demasiado inconstantes. Desgraciadas disyuntivas. Fulminante intervalo. Consecuencias a esperar. Exámen. Terna. Todo un concurso. La llamada oposición. Una revisión “objetiva” de mi trayectoria. “Y el ganador es…”. Espero poder ganar aunque sea una lavadora. Me hará falta. Estoy nervioso. Resignado. Acechado por el remordimiento. Castigado sin poder leer textos no cientificos. Contando las horas para abrazar al libro que quedó huerfano. Este es el inicio del final y el comienzo de algo. No estoy seguro de que. Gracias. A todos. Sé que los seguiré viendo, pero igual les agradezco. Nunca se los digo. Las sendas tortuosas se alivianaron gracias a su compañia. Ustedes saben quienes son. El club de los imposibles. Los más calientes. El drinking team. Los enologos y baristas. Los de la foto. Me salí del contexto, lo sé. Es la nostalgia, me juega trucos. Artimañas.  Estratagemas. Mañas. Las aprendidas en la carrera. Parado frente a la puerta de mi posgrado. Entre masoquistas y sádicos. Dispuesto a darlo todo. Corrección. A dar lo mejor de mí. Nada importa. El daño esta hecho. Mañana inicia el proceso de convocatoria para convertirme en pediatra. Deseenme éxitos.





Mi odio a las modas

2 10 2008

Camino por los pasillos de este lugar sin conocer a nadie. Las estanterías muestran con cierta coquetería los productos de temporada; al acercarme a cada puesto parezco crear cierta ansiedad entre los trabajadores, asumo que por llevar todo el día sin lograr vender nada. Al tomar las gradas eléctricas detengo por un segundo la mirada hacia la gente que intencionalmente he estado ignorando, veo a mi país en todo su esplendor, su diversidad gloriosa. Es en ese momento cuando digiero una de las ventajas de venir a este centro comercial y no a uno de los nuevos que tanto están llenos de personas que semejan fotocopias. Observo a una familia numerosa, todas las mujeres vestidas con traje indígena, desde la más chica hasta las adultas; los pequeños iluminan su rostro al ver los muñecos colocados detrás de los vidrios de las tiendas. En otro extremo me llama la atención un padre con pelo rubio empujando el carruaje de su hijo, los ojos azules del infante son peculiares, pareciera que veo directamente al cielo; el señor conversa en ingles con su esposa sobre lo caro de los precios (pasan frente a mí cuando llego al final de las gradas). Ya en el segundo nivel me encuentro con una pareja de novios de raza oriental, él susurra unas palabras en su oído mientras ella se carcajea enérgicamente. Un grupo de señoras repentinamente se topa en mi camino y sus miradas despectivas me causan gracias, tendrán en promedio unos sesenta años y todas tienen cara de total desubicación. Es ahora cuando me percato de lo silencioso de este lugar, lo disfruto, me gusta venir a deshoras, cuando uno no parece sardina tratando de hallar su lugar dentro de la lata. Mi visita aunque solitaria no carece de sentido, vengo en busca de un objeto pero un fenómeno pareciera estarse desencadenando. La búsqueda de mi específico está siendo desafiada por la moda de la época. En cada puerta que entro me encuentro con el mismo genérico que sabe Dios quién decidió que era la nueva tendencia en estilo. Me siento hasta cierto grado desalentado, mi derecho a ser individualista ha sido removido en pro de las ganancias, simplemente porque he dejado de ser el grupo meta. (¿O acaso lo he sido alguna vez?). La jauría a la que pertenezco se ha caracterizado por su naturaleza ermitaña, renegando la necedad a implementar los gustos impuestos aún sabiendo que todos terminamos en algún rebaño. Una sonrisa inesperada se dibuja en mi rostro, me sonrojo, el viejo vendedor me dijo “Eso es lo que los jóvenes de ahora usan”, tenía cierto tono de condescencia; la vida gusta en atormentarme. Ahora aturdido me ubico en el tercer piso, veo al mismo grupo de señoras intentando buscar algo, sonrío nuevamente. Ya resignado decido regresar al único lugar que tenía algo con cierto aire a lo que quería (el asunto denota urgencia, no hay tiempo para otro recorrido en un nuevo sitio) y como parte del encanto de nuestra pequeña cuidad/pueblo me encuentro con una conocida que pasea con su novio, no me lo presenta pues asume que lo conozco, los saludo a ambos e intercambiamos algunos palabras hasta que el silencio incomodo da el banderazo que permite la despedida. Compro el objeto en cuestión y procedo a la retirada. Llego al piso donde se encuentra ubicado mi carro (así es, llevo carro, los milagro pasan) y por última vez me encuentro con las viejas desubicadas que para mi sorpresa llevan una sonrisa de mejilla a mejilla (de cachete a cachete diríamos por aquí), van repletas de paquetes de compras acompañadas de lo que quiero creer que son sus nietos. El viaje finalmente ha concluido. Regreso a mi morada unos años más viejo y recordando lo difícil que siempre ha sido para mí ir de compras.