Te seguís levantado todas las mañanas con el sentimiento de que tu país podría ser algo mejor, el diamante en bruto que nadie pareciera aprovechar para el bien común, la nostalgia del emigrante sigue viviendo en los que nos quedamos aquí. Sabés que cuando caminás por las calles viendo por detrás de tu hombro no estás solo, existen miles como vos esperando ser asaltados, asesinados por un celular, secuestrados de forma equivoca o impactados por una bala perdida. Odio sonar como a los que les gusta vender una patria de victimas y no de luchadores (o triunfadores), pero es cierto, la “libertad” y la “paz” alcanzada por nuestros antepasados no es más que una promesa escrita en papel. Escondidas entre las murallas de cemento están la fauna, flora y demás, observando nuestro avanzar inútil, nuestra inerte forma de comernos los unos a los otros. Es triste, lo sé, pero la muerte se ha convertido en parte de nuestra rutina, las imágenes e historias no parecen ya sorprendernos. Por supuesto que sí, me quedan cosas, los rostros por ejemplo, te lo tengo que confesar: adoro observarlos; su variedad y asimetría, su aspereza, su forma de afrontar el día a día, escondido detrás de la ventanilla de la burra (camioneta, transporte público) disfruto el anonimato que me otorga esta ciudad. Te cuento, justo ahora llegó el fin del año escolar y parezco extrañar las cosas estúpidas que antes me molestaban, los niños caminando por las calles del centro histórico, los buses de los colegios parados en cada esquina, los padres inventado escusas por la llegada tarde de sus chiquillos, etc., vos ya lo sabés, toda esa orquesta sincronizada durante la mayor parte de los meses. Y que más te puedo decir, algunas cosas si cambian, no soy el patojo que era antes, ni creo que vos lo seas. ¿Acaso te las pasas horas cambiando canales? ¿Revisando el perfil de tus amigos por el internet? ¿Cazando mujeres de bar en bar? ¿Embolándote (Emborrachándote) cada fin de semana? Cabal (algo así como “exacto” ó “correcto”), vos lo has dicho, banalidades, nada más que eso, banalidades. Querés oír algo graciosos, los viejos continúan divirtiéndose con las largas cadenas de chistes que te mandan por correo, bueno, tenés razón, no son solo los viejos, pero en ellos lo encuentro más gracioso, cuando se reúnen lo convierten en el centro de la conversación, al parecer hablar de ello es más fácil que intentar dilucidar de donde es que nos encontramos tan pisados (en dificultades). ¿Tan pronto? Está bien, ha sido un gusto hablar con vos, te me cuidadas compadre… ya sabés que acá siempre tenés a donde regresar.