“I’m not a number I’m a free man”. The Prisoner. Iron Maiden
Nací. Fue así como fue dado el resultado de la primera tirada de dados, los primeros números que me han perseguido durante mi existencia; una fecha. Inconsciente de su importancia continué por el peregrinaje hacia los verdes pastos de la “adultez”. Una nueva cifra, junto a ella sigilosamente fue agregado lo que representa la ubicación departamental dentro de mi país. Llego la identificación, la llamada cédula. Se jactaba de ser la única dirigida por una letra. Durante un tiempo permanecí inocente al cambio y lo vi como lo que me permitió consumir bebidas alcohólicas de forma legal. Me estremecí cuando ingrese a la universidad estatal pues fui ultrajado de toda identidad al ser solo el número en un carnet (al menos a los ojos de las autoridades administrativas). Las clases… por carnet… notas… por carnet… reclamos… ¿cuál es su número de carnet?… etc. La inapercibida cédula reclamó su importancia cuando fue adjuntada a un número de empadronamiento y así ejercí mi derecho a elegir a nuestras inútiles autoridades. Tardé en aceptar la dualidad de mi ser… estudiante y ciudadano. Me pregunté si acaso mis padres no debieron de darme alguna clase de asignación numérica para poder acoplarme más fácilmente a ese nuevo régimen. Y así los años han pasado, ambas identidades luchando… buscando equilibrar su poderío. Todo permaneció bien hasta el día de hoy que mi carnet universitario se vio desafiado, hasta cierto grado me da lástima, pareciera que ha entrado en un estado total de depresión. Me he colegiado, soy un profesional. Una nueva identificación ha sido agregada. La tiranía cuestionada, al menos hasta que me convierta nuevamente en estudiante de posgrado. Una nueva modalidad. Un Triunvirato. Pero aún así el carnet ha notado lo frágil de su existencia, lo transitorio de su uso. Se siente traicionado, indignado, se podría inclusive utilizar la palabra violado. Me mira con tristeza, con cierto aire de melancolía y resignación. Espera que no lo olvide, hubiera preferido que fuera uno de esos eternos estudiantes que ya nadie espera verlos graduar, solo para poder compartir más tiempo conmigo. Gime, llora y utilizando un tono de vieja amante espera ganar mi simpatía. Yo río, a veces lo olvido: No soy un número… soy un hombre libre.