Las cuerdas que cuelgan de mis brazos son ahora invisibles. Apagar la alarma, abrir mis ojos, retirar las sabanas que me cubren y dirigirme hacia el baño. Ser el hijo de mis padres, el buen empleado. Retirar mi ropa y observar la caída de agua. Limpiar impurezas y aceptar los estándares. Colocar la espuma sobre mi rostro y cortar la barba. Calzoncillos, calcetines, camiseta, pantalón, camisa y zapatos. Gelatina sobre el pelo. Servir una taza de café y comer mi cereal. Cepillar los dientes e intentar ver con orgullo al espejo. Llaves, celular, billetera y pañuelos. No olvidar el suéter al salir. Escuchar a Brainstorm en los audífonos. Caminar, observar lo rostros absortos de expresión, temerosos de su prójimo. Llegar a la parada de buses. Entregar el quetzal con indiferencia. Esperar de pie mientras llego a mi destino. Recibir golpes, empujones, machucones y gritos del ayudante. Golpear, empujar, machucar y gritar que he llegado a mi parada. Caminar unas cuantas cuadras para marcar mi tarjeta. Apretar el botón del tercer piso. La música ha cesado. Repetir una y otra vez la palabra buenos días. Platicar con mis compañeras de trabajo para luego pasar visita, evolucionar, ingresar y ver alguna emergencia. Tomar unas cuantas tazas de café. El reloj corre lentamente hasta llegar a la una. Repetir la palabra adiós mientras se dan besos en el cachete. Apretar el botón del primer piso y marcar de nuevo la tarjeta. Colocar los audífonos y escuchar Evergrey. Intentar no llamar la atención. Parada, camioneta y quetzal. Bajar y esperar un momento. Camioneta y quetzal. Observar alrededor calles vacías y calles llenas. Carteles viejos y destartalados de necesidades adquiridas. El viejo sentimiento de pertenencia a la cuidad ha aparecido de nuevo. Bajar de la camioneta en movimiento y observar mientras se aleja con expresión de enojo y resignación. Llegar al lugar testigo de mis lecturas. Divagar en Internet para luego finalizar el día cambiando canales hasta alcanzar el sueño. Las cuerdas caen por unas horas. La llegada de un nuevo día inevitable. El mundo tal y como lo conocía permanece.
2 cosas antes de terminar de leer tu entrada:
1. No encontré el link “roto”, por qué no especificás??
2. No entendí la pregunta de ¿q pex con el comentario del relato?? Nuevamente, específicá……
Y ya era hora que publicaras algo, aunque sea alguna anécdota jocosa con la “Mingi”…
Ahora ya me voy a leerte…
Descifrando qué sentimos en ese momento, ESE, en el que notamos las cuerdas…y nos vemos al espejo, percibiéndonos marionetas navegando la monotonía cotidiana, sin sentir, eso es lo malo, no sentir…dejar que el “automatismo de la costumbre” (o algo así decía un libro) se impregne de tal manera que ya nos movemos por inercia…cada tanto me pasa, y caigo…y siento que me hundo estática en rutinas de las que no puedo salir tan fácilmente…eventualmente algo cambia…o yo cambio, aunque el “eterno retorno” que una vez mencionó Nietzsche sea inevitable…lo malo de mi estado actual de marioneta es que ni siquiera soy útil, paso mis días en la inconsciencia de ideas y palabras ajenas…lo bueno de mi estado actual de marioneta es que no me gobierna una rutina tan estricta…es el estado de marioneta desempleada, y además a la deriva…
….cuando extrañamos la rutina……. y volvemos a encontrarla….. extrañamos no extrañarla….. pues todo sigue igual….
“Improvisamos rituales aereos
en el humo claro de mis habanos
para no morir
en el laberinto de la monotonia”
Y es que todos huimos del hastio, la monotonia, la rutina que nos envuelve como serpiente constrictora que ahoga los sueños. Textos como el tuyo nos recuerda que somos supervivientes.
Una rutina espectacularmente narrada. Triste es cuando la rutina toma forma y ganas de poseer nuestras vidas, y esta deja de pertenecernos…
Un abrazo…
Nat