El clima vespertino lo hizo pensar que en vez de tomar la segunda camioneta era un buen día para caminar hacia su casa. Los árboles de cemento elevaban sus ramas intentando tocar las nubes y los caballos metálicos galopaban sin temor; caminaba a paso regular mientras divagaba sin ponerle mayor importancia a su entorno.
La luz del sol era tenue; tímida como un primer beso de antaño. Las figuras rodantes se le asemejaban a cuadros sincronizados en perfectos movimientos productos del azar. En más de una ocasión tuvo miedo a ser atropellado ante las estampidas que revoloteaban de esquina a esquina sin perdonar al peatón que se atreviera a cruzar en su camino; conductores afligidos, amargados y testarudos que no saben a dónde van, ni por qué tienen tanta prisa.
Dos hombres de aspecto sospechoso llamaron su atención. Su apariencia y postura frente al edificio no encajaba con la imagen de normalidad ya impregnada en su subconsciente. Al observarlos un escalofrío, producto del miedo, recorrió su cuerpo; la única forma con la que disminuyó fue con la idea de pasar fingiendo indiferencia.
Escuchó pasos; las sombras dibujadas frente a él le dieron idea de lo cercano que se encontraban y se preguntó a sí mismo si todo era producto de una sugestión o si realmente estaba metido en algún embrollo. Aumentaba la velocidad intentando alejarse del bullicio que iniciaba ha aterrarlo. No miraba hacia atrás para no levantar sospecha. Había recorrido una cuadra cuando escuchó una voz desconocida – ¡Disculpe chavo! ¿Qué hora tiene? – Por un momento la calma regresó y mientras contestaba que no tenía reloj recapacitaba en lo paranoico que había sido. – Buena onda… no hay clavo – dijo ahora el desconocido.
Los pasos continuaban – ¿Irán hacia dónde voy yo? ¿Por qué no se han alejado? – pensaba nuestro desafortunado transeúnte; se sentía acosado por lo que continuaba acelerando su andar.
- ¿Qué le pasa? Tiene cara de ahuevado ¿Tiene miedo?
Al tiempo que lo escuchó los folículos pilosos se le elevaron produciendo el aspecto de “carne de gallina” y la piel se le empalideció. El desconocido había pronunciado estas palabras con una sonrisa sarcástica dibujada en el rostro lleno de cicatrices; parecía producirle cierto placer el infundir miedo en las personas. – No mano… nada que ver… lo que pasa es que vengo cansado del chance… pero yo tranquilo – contestó el caminante con vos entrecortada y nerviosa. Ni siquiera trabajaba pero no se le ocurrió otra excusa en los pocos segundos que tardó en contestar. Pretendió utilizar un lenguaje relajado para poder producir lo que describió en su mente como “algún tipo de simpatía”.
- Usted tranquilo mano… ¿No sabe donde vive L… N…? Nos dijeron que vivía en un edificio que eran como dos torres. No estamos seguros si son esas de allí – dijo el acompañante mientras señalaba los edificios que resguardaban anteriormente, luego de haber transcurrido un eterno e incómodo minuto de silencio.
Intentó explicar cada uno de los edificios que conocía en las cercanías; esta vez notó los tatuajes y las miradas burlonas de los individuos. Estaba extremadamente intranquilo y no sabía qué decir o hacer
- Es que fíjese que la wisa esa me debe plata desde hace rato… siempre me dice un montón de pajas cuando le vengo a cobrar… ya me tiene harto… yo no sé que va pasar… pero si la pisada no me paga hoy… yo le quiebro el culo… mire que vengo bien preparado por cualquier cosa.
El último comentario terminó por asustarlo sin remordimiento ni pena de equivocación pues el individuo sujetó firmemente la pistola que llevaba escondida bajo la camisa. Las palabras surgieron de esos labios con una desconcertante naturalidad como quien dice que acaba de comprar una cajita de chicles.
A tres cuadras hay una farmacia con policía… tengo que tratar de llegar… pero… ¿qué diablos se supone que le debo de contestar?… lo más seguro es que me asalten o me maten. Mi puta mala suerte y mis estúpidas gana de caminar – pensaba mientras sus ojos observaban el gesto del muchacho.
Dio argumentos morales sobre como la mejor solución era la de no matarla tratando de enlazar las ventajas tanto judiciales y éticas pero fueron rápidamente desquebrajadas por las confesiones sinvergüenzas de haber estado en prisión en cuatro ocasiones distintas -Y eso que hemos asesinado a más todavía- dijeron orgullosamente. Más tarde pensó en lo tontas que debieron de sonar sus ideas pero al verse acorralado sintió como se formaba lentamente una niebla en su mente que no le permitía expresarse de manera coherente. No supo qué contestar ante una conversación inconcebible para una persona como él y no caviló otra salida más que en la de abogar por la extorsión mediante amenazas en vez de hacerlo en favor de la muerte de un ser inocente. Los pocos metros testigos de los acontecimientos se convirtieron en kilómetros ante sus ojos, el único pensamiento que lo merodeaba era que inevitablemente sería víctima de un atraco pero no comprendía el por qué de la tardanza; su agitación se dejaba entretejer a simple vista y se marcaba aún más con el tono agobiado de su voz. Los individuos no daban seña de querer alejarse y él sentía que su corazón latía tan rápido que de un momento a otro terminaría por estallar. Finalmente llegó cerca de la calle principal, a una cuadra de la farmacia, cuando los hombres se despidieron repentina y extrañamente de manera muy cordial, como si nada hubiera sucedido.
El viento soplaba sobre su rostro con gentileza tratando de tranquilizarlo, el cielo se tornaba amarillo rojizo, las hojas secas crujían sobre el cemento pero al alejarse su único pensamiento era que luego de seis meses de ausencia esta era la forma en que la ciudad capital le gritaba: ¡Bienvenido! Como reproche irremisible, sin censura y revolviendo cada una de sus vísceras.