El endormecedor silencio de la gran habitación lo hacia pensar demasiado, fin contrario al que se había propuesto Donald en el inicio de su viaje. La cocaína que lo había mantenido despierto durante toda la madrugada había perdido su efecto y todavía se palpaba en su alma la vergüenza de lo sucedido la noche anterior. Podía cerrar los ojos e imaginarse la cara de la extranjera cuando le dijo que no tendría sexo con ella. Eran las cinco de la madrugada. Las drogas, el alcohol y las mujeres serán al recostarse imágenes lejanas que se instalaran en un rincón olvidado de su mente para nunca más ser molestadas. Antes de dormir decide tomar un baño y colocar el termostato del aire acondicionado a una temperatura que le parece reconfortante. Cerca de su habitación el agua chapoteaba afuera de la piscina, no sin antes escuchar el grito del niño que advertía la llegada del bombazo. Mientras tanto otros niños jugaban con pistolas de agua bajo la vigilancia de su distraído padre que disfrutaba de un delicioso habano y de un whisky etiqueta azul.
La sensación de hambre lo despertó. Se colocó un pantalón corto blanco con manchas negras, unas sandalias y una camiseta sin mangas para que sobresaliera el musculoso cuerpo que tanto trabajo le había costado moldear. El mundo de fantasía en el que estaba sumergido había desaparecido por completo, era hora de afrontar la realidad. En su cabeza sobrepasaban las posibilidades y los escenarios. Al enterarse que su novia llevaba tres semanas de atraso en su menstruación lo único que se le ocurrió fue utilizar la excusa de un viaje previamente planeado con sus amigos a Panajachel y salir huyendo. Siempre se había jactado de su temeridad para encarar la vida pero en esta ocasión la cobardía se había apoderado de él y no le importaba. Pensaba en el aborto como la solución más factible aunque sus creencias religiosas chocaban fuertemente con ella. Se sentó en uno de los sillones dentro de la habitación. Con la palma de sus manos tocando las mejillas y los codos reposados sobre sus rodillas imaginaba todos los sueños que quedan descartados con la llegada de un niño. Los llantos de madrugada, el dinero para la comida, los pañales, la ropa, la cuna, la casa y más adelante la escuela. La responsabilidad que conllevaba lo hacía sentir una sensación nauseabunda. Un pánico incontrolable lo invadió, su respiración se hacía profunda y rápida y su piel se erizó. Se levantó rápidamente habiendo decidido que la mejor solución por ahora era dejar sus pensamientos a un lado y refugiarse bajo la esperanza de que las cosas tomaran otro curso. Deseaba la llamada de su novia diciéndole que todo había regresado a la normalidad. Se dirigio al restaurante del hotel para satisfacer la necesidad más próxima que le demanda su cuerpo. Comida.
El hotel se encontraba perfectamente diseñado, bungalows individuales que asemejan un residencial privado de la ciudad capital. Las paredes pintadas con matices color pastel para intentar darle esa sensación de época colonial que tanto atrae a los turistas. Al salir de su cuarto le sorprendió el inmenso calor que se sentía en el ambiente y agilizó el paso para apresurar la llegada al restaurante que poseía calefacción. Se decidió por carne asada término medio. La actitud de la mesera al solicitarle que cambiaran los cubiertos sucios no le pareció correcta pero no dejó que eso lo molestara. El trozo de carne era de media pulgada de ancho, el cuchillo se deslizaba suavemente y con su paso dejaba una pequeña marca sobre el plato. La comida venía acompañada de chorizo, longaniza, papa, elote y ensalada de lechuga. Todos preparados cuidando cada detalle haciendo que parecieran salidos de un catálogo de comida gourmet. Uno a uno fue degustando los sabores hasta quedar satisfecho. Pagó con su tarjeta de crédito y se retiró sin dejar ni un centavo de propina. Se dirigió a su camioneta del año. Dejó los vidrios cerrados para poder utilizar el aire acondicionado y emprendió su viaje hacia el lago. La música a todo volumen le permitía no oír los pensamientos que rondaban por su mente. Estacionó el automóvil y al llegar a la orilla del lago notó la presencia de su viejo amigo Rolando.
Esta parte, también ya la conocía, voy a la tercera……