Epifanía: Parte Primera

18 01 2008

     Rolando se ha despertado con una gran sensación de soledad. Estas vacaciones debían haberse convertido en el teatro que le permitiera a su alma obtener un poco de redención. Su cabeza palpita lentamente debido a una fuerte resaca y su cuerpo entumecido quisiera permanecer recostado más tiempo, pero una sensación nauseabunda lo obliga a levantarse precipitadamente hacia el baño. Quisiera comer y beber algo pero el malestar estomacal lo ha obligado a forzar el vomito cinco veces en las últimas cuatro horas.  Apenas recuerda lo sucedido la noche anterior. Ni el licor ni la marihuana ni los viajes de bar en bar en busca de desconocidas para acostarse con ellas le han borrado esa sensación de aislamiento emocional hacia el mundo. El sol de Panajachel traspasa fuertemente por la ventana alumbrando la pequeña habitación de quince quetzales. Un catre, cuatro paredes gastadas y una sábana que cumple su función como  puerta son el resultado de este módico precio. Quisiera volcarse de nuevo hacia sus sueños y olvidar que un día amó. Recostado con un brazo colgando del catre observa el suelo y juega con el polvo acumulado en el azulejo, intentando hacer figuras, tres cucarachas se escabullen sobre la sábana sin ser vistas, a lo lejos se escuchan los mordiscos de una vieja rata que intenta abrir una caja de cartón en la esquina de la habitación y de cuando en cuando un par de mosquitos se divierten susurrando con sus alas a su oído. Finalmente luego de una larga espera se siente lo suficientemente confiado para tomar un baño e iniciar el perenigraje en busca de comida desde su improvisado hotelucho hacia la Calle Santander.     

     El pueblo es todo lo que recuerda de su infancia. Al salir del hotel un tipo con camisa roja y una especie de pantalones amarillo fosforescente le ofrece toda una gama de drogas que decide rechazar. La majestuosa vista del Lago de Atitlán vigilado por sus volcanes lo hace sentir vivo de nuevo por un breve instante. El viento sopla fuertemente, mientras las pequeñas olas hacían su mayor esfuerzo para volcar la pequeña boya. Una pareja agarrada de la mano pasa a su lado mientras en la orilla de la calle un padre de familia intenta convencer a sus tres hijos adolescentes de comprar una camisa típica con un gran colorido. El número de extranjeros hippie vendiendo manualidades parece haber aumentado desde su última visita. Una señora vestida con un hermoso traje indígena le ofrece unos llamativos collares pero le es difícil lograr convencerla que no le interesan. Al llegar a la Calle Santander revisa sus bolsillos en busca de dinero y se da cuenta que ha gastado más de lo debido la noche anterior. Irritado ante la insistencia de su barriga se resigna a comer uno de los pollos rostizados de las ventas callejeras. El aceite quemado hace un sonido peculiar cuando las gotas caen afuera de la plancha. Una lámpara da calor al pollo que ya ha sido cocido dándole la oportunidad al cliente de escoger su pieza y ser atendido con rapidez. Las papas fritas burbujean sumergidas en aceite dentro un colador y la carreta tiene un aspecto aceptablemente limpio. Una bolsa de papel para el que lo pida para llevar y un plato de duroport para el que desee sentarse en los pequeños banquitos de plástico que se encuentran en las cercanías. Rolando escoge su pieza y decide sentarse, el intenso hambre le da la falsa sensación que el pollo es el más delicioso que haya probado en mucho tiempo. Muy amablemente le es ofrecida un agua y en el mismo segundo de haber terminado la solicitud el vendedor corre a una de las tiendas cercanas a hacer la compra. Al entregársela se disculpa porque el refresco se encuentra tibio, la vieja costumbre de apagar las refrigeradoras en la noche para ahorrar energía se mantiene viva. No hay hielo ni chelas ni gaseosas frías en ningún lugar de Panajachel.     

     Su depresión no ha desaparecido con el estomago lleno. La tristeza es más fuerte que su voluntad. La nube de pensamientos oscuros se asoma sobre su cabeza y no queda nada más que dejarse llevar. Camina hacia el lago con los ojos fijos al suelo y las manos metidas en las bolsas del pantalón. La patética imagen no llama la atención de nadie. El caos que lo rodea continua su rumbo, contrario a lo que él quisiera. Que el tiempo se detuviera, que alguien notara la nostalgia de su mirada y lo intentara hacer feliz, que Dios se apiadara de su desamor y mandara el ángel que resolviera sus problemas. El reggueaton que se escucha en cada una de las cuadras no logra hacerlo olvidar el sonido de los pasos de aquella mujer que un día amó mientras se alejaba de él. Llega a las gradas que llevan a la orilla del lago. Un grupo de amigos toman unos litros de cerveza, un niño intenta volar un barrilete y una extranjera le toma fotos al paisaje cargando una mochila de tamaño desproporcional para su estatura. Sentado en una grada observa a un grupo de aves descender para rozar brevemente la delgada capa de agua cristalina. Sus pulmones notan en ese instante la frescura del aire que respira y sus torpes ojos se tropiezan con la inmensa bóveda azul que hacen del espectáculo algo digno de ser envidiado por cualquier esclavo de la ciudad. A lo lejos escucha gritar su nombre por una voz familiar a la que no logra colocarle un rostro. Es su viejo amigo de infancia Donald al que lleva más de cinco años sin ver. 


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Un comentario

19 01 2008
karen

Este relato…….me parece conocido………te peló volverlo a revisar verdad?????

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