El cirujano, con la misma rutina con la que siempre lo había hecho, tomó el bisturí. Su único pensamiento era que en un máximo de diez minutos iba a estar tomando una muy merecida siesta. El líquido putrefacto que salió de la herida lo tomo por sorpresa, su ojos somnolientos cambiaron repentinamente y a través de su mascarilla se pudo notar su piel empalidecer en cuestión de segundos. El líquido tenía un aspecto lechoso y al mezclarse con la sangre su color se tornaba ligeramente café. – Llámame inmediatamente al jefe de residentes, esto está perforado y saber ni con que más me voy a encontrar –. El estudiante de cuarto año de medicina que lo estaba ayudando sintió regurgitar una pequeña porción de su desayuno y con miedo continuó limpiando la herida.
Horas después seguían intentando remediar los estragos. El anestesiólogo les había advertido de lo delicado de sus signos vitales pero ellos continuaron. La sala se convirtió lentamente en un sauna… los intestinos yacían en los manos de los cirujanos… habían perdido toda forma y parecían haber sido licuados… la sangre escurría hacía el suelo… desesperación y zozobra podían observarse en los ojos de cada uno de los presentes. El residente soltó unas palabras como hablando para sí mismo: – Ah la gran puta, si no la salvamos nos van a meter el huevo –. Durante una hora le fueron realizadas maniobras de resucitación, medicamentos fueron administrados por vía intravenosa pero todo fue en vano. La imagen era desalentadora. El cuerpo permanecía rígido sobre la mesa de operaciones y nadie se atrevía a tocarlo.
Un residente de primer año que se encontraba rotando por la emergencia fue informado de la noticia. No conocía a la paciente ni a sus familiares, solo había escuchado un poco de la historia en la mañana. Se encaminó a las afueras del hospital para dar la noticia de la forma habitual como siempre lo había hecho. El esposo furioso ante su indiferencia respondió: –A mi no me venga a decir que estas cosas pasan… esa respuesta a mi no me sirve de ni mierda… les rogué que la atendieran… asesinos… les rogué que le calmaran el dolor… mi esposa murió en sus narices porque a ustedes no les importa nada… malditos… malditos asesinos –. El residente intentó calmarlo con las palabras equivocadas, en lugar de tratar de calmar su dolor buscaba argumentar una muerte que era injusta –Si tan solo su esposa hubiera venido cuando el dolor inició… tiene que tratar de entender señor… por lo más que lo intentamos era demasiado tarde… lo sentimos mucho…. de verdad lo sentimos –. El grupo de residentes que estaba de turno esa noche continuó su vida con toda normalidad. El único recuerdo que quedó de los sucedido fueron las noches de desvelo cada dos días que debieron cumplir durante algunos meses.
La morgue era un oscuro rincón que se encontraba sumergido y abandonado en un tétrico sótano. Un olor a formol penetró sus narices al bajar las gradas del primer piso. El silencio insoportable al entrar, hizo que se encontrara con sus pensamientos solamente de forma esporádica. Los latidos de su corazón se aceleraban con cada paso y una sensación desagradable brotaba desde su pecho hasta su garganta. Removió la bolsa negra que cubría el pálido rostro de su esposa y un llanto inconsolable explotó dentro de él. Las gotas derramadas sobre el frío cuerpo fueron las últimas hasta que explicó lo sucedido a sus hijas. El amor de su vida había partido víctima de las circunstancias… su felicidad había sido arrebatada de forma repentina y no lograba asimilarlo… ya no existía el amor solo silencio.
A los pocos meses, la acera se convirtió en la testigo de su sufrimiento, la botella de alcohol etílico es la fiel consejera que le ayuda desprender de su memoria la familia a la que un día perteneció, sus harapos infestados de mugre y piojos lo auxilian en encontrar una soledad que le parece reconfortante. Vive desolado por el recuerdo de aquello que le es imposible olvidar. Su vida no es nada más que un pausado suicidio delirante. Cada cierto tiempo, se levanta asustado, como el loco que ahora es, en la misma emergencia en el que todo sentido se perdió. Su martirio inicia todos los días cuando recuerda que su esposa no pretendía nada más que alimentar a las hermosas niñas que él ahora abandonó y corre rápidamente a la farmacia a comprar el remedio que borra momentáneamente su tristeza.
– FIN –
Un agradecimiento cordial a las editoras: Anny, La China y Matzer.