Cuarta Parte: Recuerdo Desollador

28 12 2007

     El cirujano, con la misma rutina con la que siempre lo había hecho, tomó el bisturí. Su único pensamiento era que en un máximo de diez minutos iba a estar tomando una muy merecida siesta. El líquido putrefacto que salió de la herida lo tomo por sorpresa, su ojos somnolientos cambiaron repentinamente y a través de su mascarilla se pudo notar su piel empalidecer en cuestión de segundos. El líquido tenía un aspecto lechoso y al mezclarse con la sangre su color se tornaba ligeramente café. – Llámame inmediatamente al jefe de residentes, esto está perforado y saber ni con que más me voy a encontrar –. El estudiante de cuarto año de medicina que lo estaba ayudando sintió regurgitar una pequeña porción de su desayuno y con miedo continuó limpiando la herida.  

     Horas después seguían intentando remediar los estragos. El anestesiólogo les había advertido de lo delicado de sus signos vitales pero ellos continuaron. La sala se convirtió lentamente en un sauna… los intestinos yacían en los manos de los cirujanos… habían perdido toda forma y parecían haber sido licuados… la sangre escurría hacía el suelo… desesperación y zozobra podían observarse en los ojos de cada uno de los presentes. El residente soltó unas palabras como hablando para sí mismo: – Ah la gran puta, si no la salvamos nos van a meter el huevo –. Durante una hora le fueron realizadas maniobras de resucitación, medicamentos fueron administrados por vía intravenosa pero todo fue en vano. La imagen era desalentadora. El cuerpo permanecía rígido sobre la mesa de operaciones y nadie se atrevía a tocarlo. 

     Un residente de primer año que se encontraba rotando por la emergencia fue informado de la noticia. No conocía a la paciente ni a sus familiares, solo había escuchado un poco de la historia en la mañana. Se encaminó a las afueras del hospital para dar la noticia de la forma habitual como siempre lo había hecho. El esposo furioso ante su indiferencia respondió: –A mi no me venga a decir que estas cosas pasan… esa respuesta a mi no me sirve de ni mierda… les rogué que la atendieran… asesinos… les rogué que le calmaran el dolor… mi esposa murió en sus narices porque a ustedes no les importa nada… malditos… malditos asesinos –. El residente intentó calmarlo con las palabras equivocadas, en lugar de tratar de calmar su dolor buscaba argumentar una muerte que era injusta –Si tan solo su esposa hubiera venido cuando el dolor inició… tiene que tratar de entender señor… por lo más que lo intentamos era demasiado tarde… lo sentimos mucho…. de verdad lo sentimos –. El grupo de residentes que estaba de turno esa noche continuó su vida con toda normalidad. El único recuerdo que quedó de los sucedido fueron las noches de desvelo cada dos días que debieron cumplir durante algunos meses.

     La morgue era un oscuro rincón que se encontraba sumergido y abandonado en un tétrico sótano. Un olor a formol penetró sus narices al bajar las gradas del primer piso. El silencio insoportable al entrar, hizo que se encontrara con sus pensamientos solamente de forma esporádica. Los latidos de su corazón se aceleraban con cada paso y una sensación desagradable brotaba desde su pecho hasta su garganta. Removió la bolsa negra que cubría el pálido rostro de su esposa y un llanto inconsolable explotó dentro de él. Las gotas derramadas sobre el frío cuerpo fueron las últimas hasta que explicó lo sucedido a sus hijas. El amor de su vida había partido víctima de las circunstancias… su felicidad había sido arrebatada de forma repentina y no lograba asimilarlo… ya no existía el amor solo silencio.

     A los pocos meses, la acera se convirtió en la testigo de su sufrimiento, la botella de alcohol etílico es la fiel consejera que le ayuda desprender de su memoria la familia a la que un día perteneció, sus harapos infestados de mugre y piojos lo auxilian en encontrar una soledad que le parece reconfortante. Vive desolado por el recuerdo de aquello que le es imposible olvidar. Su vida no es nada más que un pausado suicidio delirante. Cada cierto tiempo, se levanta asustado, como el loco que ahora es, en la misma emergencia en el que todo sentido se perdió. Su martirio inicia todos los días cuando recuerda que su esposa no pretendía nada más que alimentar a las hermosas niñas que él ahora abandonó y corre rápidamente a la farmacia a comprar el remedio que borra momentáneamente su tristeza.

– FIN –

Un agradecimiento cordial a las editoras: Anny, La China y Matzer.





Tercera Parte: Inesperada Realidad

21 12 2007

     Él firmó la hoja en la que se leía “abdomen agudo”, le dijeron que la iban a operar cuando hubiera disponibilidad de sala pero él no lograba entender nada. Sintió un poco de alivio pues pensaba que ahora que los médicos ya sabían que tenía su esposa, las cosas iban a mejorar. Su única molestia era que no le aliviaban el dolor. Trataba de detener a cualquiera para que lo ayudara a resolver sus dudas pero lo único que logró fue que lo echaran de nuevo a la reja. Sentía que reventaba por dentro, nunca había aborrecido tanto su pobreza como en ese momento, estaba seguro que si estuvieran en uno de esos hospitalitos a donde va la gente de dinero no lo hubieran tratado así. Cuando estuvo a punto de llevársela, recordó que el poco dinero que tenía se lo había dado a la ingrata de su vecina para que cuidara a las niñas. 

     Se encontraba solo, su vecino había partido horas antes. El frío de madrugada era tan fuerte que una leve neblina cubría todas las calles y de las bocas se exhalaba un pequeño vapor. Recordó que noches como esa hacían que valiera la pena tener una sola cama en la que la cercanía de los cuerpos hiciera que durmieran tranquilamente. Pensaba en sus hijas que no tenían la edad suficiente para notar que algo malo estaba sucediendo, no tuvo el coraje para decírselo a la mayor cuando hablaron por teléfono. Se sentía impotente ante la situación, no le quedaba más que esperar y tener la esperanza que los médicos supieran los que estaban haciendo. Pasadas las horas escuchó por la radio de uno de los policías que una camioneta se había salido de la carretera, varios heridos serían llevados al hospital.

     Una a una fueron llegando las ambulancias, algunos bajaban caminando y otros eran llevados en camilla agonizando de dolor. – Es un “busazo” – le dijo uno de los que estaba a su par. Resignado, decidió esperar sentado en la orilla de la banqueta. El sol empezaba a salir y aún no tenía información de su esposa. La gran cantidad de familiares hacia más difícil lograr hablar con los policías pero finalmente consiguió que lo dejaran entrar. La imagen se le hizo caótica, hacía dos horas que habían llegado todos esos heridos y algunos permanecían aún en las bancas esperando a ser atendidos. Los médicos que había visto la mañana anterior continuaban trabajando, sus rostros denotaban un marcado cansancio.

     Preguntó por su esposa pero nadie recordaba quien era, estuvo recorriendo  la sala de emergencia durante un tiempo cuando decidió ir donde estaba la primera vez que entraron. Encontró a uno de los doctores que los había atendido y le suplicó que lo ayudara. Luego de algunos minutos supo que la trasladaron a un pequeño cuarto dentro de la emergencia debido a la gran cantidad de pacientes. Ella permanecía recostada en una camilla delirando de fiebre. Cuando intentó hablarle no lo reconoció… lo único que decía eran incoherencias, parecía estar falleciendo pero nadie le ponía atención. Suplicó que alguien le explicara que era lo que estaba pasando. Él le tomaba el brazo y le besaba lentamente la mano – Te amo con todas mis fuerza, sé fuerte… te amo… no te rindás… todo va estar bien –. Salió del sitio donde se encontraba y ahora no suplicó, ni utilizó la típica actitud chapina de aceptar las cosas con la cabeza agachada, ella era su esposa y algo se tenía que hacer.  Al observar que seguía siendo ignorado empezó a gritar a media emergencia exigiendo respuestas. 

     Unos médicos aglomerados alrededor de lo que parecía ser su jefe hacían un recorrido por la sala. Con bata blanca, corbata y una mirada molesta llena de seriedad se acercó a él – Esto es una emergencia señor, así que me disculpa pero si quiere gritar lo puede ir a hacer al mercado, ahorita mismo se me calla o lo hago echar de este hospital –. Respiró profundo, intentó mantener la calma y escoger con sabiduría sus próximas palabras. – Disculpe doctor, no me venga a decir lo que puedo o no hacer, si su esposa se estuviera muriendo en una camilla mientras ustedes hacen micadas estoy seguro que estuviera haciendo lo mismo, puedo ser pobre pero no idiota y estoy seguro que mi mujer debe ser operada inmediatamente –.

     Al poco tiempo su esposa ya se encontraba en sala de operaciones, todos parecían atenderlo ahora de forma extremadamente cordial y condescendiente. Con la misma expresión con la que lo había visto a él, observaba como el jefe de los médicos les hablaba a los residentes. Logro escuchar que decía algo sobre la importancia de priorizar las cosas, les dijo que el colectivo no era excusa para la forma que habían actuado y que no le importaba que tan cansados o con hambre estuvieran. Cuando la conversación se tornó demasiado técnica no logró entender lo que decía por lo que perdió el interés.

     Antes de que fuera a sala de operaciones alguien vestido con una especie de gris le explicó que su esposa probablemente padecía de algo llamado apendicitis y que no podían estar seguros de que era hasta que la estuvieran operando. – Le prometo que haremos todo lo posible para ayudar a su esposa, pero por lo grave que se encuentra no le puedo dar garantía de nada, uno de los residentes de último año realizará la operación –. Un resentimiento nació por dentro al escuchar esas palabras, si tan solo las hubiera escuchado la mañana anterior las cosa serían distintas y su esposa estuviera bien.

El cirujano tomo el bisturí….





Segunda Parte: El Paciente Olvidado

14 12 2007

     Al llegar a la reja que se encuentra antes del lugar donde se ingresa al nosocomio tuvieron que convencer al policía para que los dejara pasar a todos. Una persona vestida de blanco le preguntó que le había pasado a su señora y al explicarle le indicó que debía de dirigirse al fondo a la izquierda. Se sentía muy preocupado, su esposa había vomitado varias veces en el camino y su apariencia se le hacia a la de un moribundo que esta a punto de dar su último aliento. Cuando llegaron a una banca les indicaron que debían de ir afuera mientras ella esperaba su turno. – Mi esposa está grave doctor, no se da cuenta que apenas tiene fuerzas para caminar – exclamó. Un muchacho de camisa azul le explicó que había mucha gente enferma que había llegado antes que ella, que para evitar confusión solo los pacientes podían esperar en la banca y que por favor salieran hasta que fuera el turno de su esposa.

     Las últimas horas fueron confusas para ella, miraba a su alrededor y no veía más que gente corriendo de un lado otro, señoras que se quejaban porque se les había acabado el suero y una gran desesperación en los ojos de todos los pacientes. Se sentía perdida entre la multitud, recostaba su cabeza sobre una columna mientras la gente se iba colando una a una. Unos médicos que pasaban visita preguntando que era lo que tenían los pacientes la reconocieron y la pasaron inmediatamente a una camilla. Al preguntarle el por qué no había pasado, lo único que decía era que no soportaba el dolor, que le arrancarán el estómago, que le pusieran uno de esos sueros que tanto parece aclamar la gente y que por favor hicieran lo que quisieran pero que le quitaran el dolor.

     Observó una figura vestida de azul que le hacia varias preguntas mientras le presionaba el abdomen… mientras se retorcía del dolor escuchó balbucear algo sobre cirugía y ginecología, nadie le explico que tenía ni calmo su malestar. Un joven vestido de blanco le informó que le iba a sacar unos exámenes de sangre y que le iba a poner un poco de suero, pero que antes debía ir al baño a dar una muestra de orina. Con las pocas fuerzas que le quedaban se levantó y al darse cuenta que nadie de los que estaban a su alrededor la iba a ayudar empezó a caminar sola. El baño estaba repleto de porquería, inclusive en las paredes. Un líquido asqueroso flotaba dentro del inodoro, mezcla de vómito, orina y heces. Inútilmente intentó echar agua por lo que prosiguió a realizar aquello que le fue indicado. Al regresar fue colocada en la banca con su nuevo suero en el brazo, le explicaron que debía esperar que otros doctores la evaluaran pero que primero tenían que llegar lo resultados de laboratorio que tardaban en ser procesados.

     Para ella las horas pasaban y su ser ya no daba cabida para tan agonizante consternación. La colocaron varias veces en la camilla y se sintió como animal de circo que era observado mientras agoniza. La torturaron uno a uno agrandando su dolor al presionar con fuerza, en una ocasión tuvieron el descaro de movilizarla a un cuarto donde introdujeron un extraño aparato de metal en sus partes íntimas. Pero nadie calmaba su dolor, nadie se compadecía de ella, todos insistían que era necesario y a ella ya nada le importaba, lo único que quería era dejar de sentirlo, estar en su casa jugando con sus niñas, besarlas en la frente y desearles buenas noches y que todo terminara para poder estar bien. Cerraba los ojos y apretándolos con fuerza intentaba recordar los rezos aprendidos en infancia suplicando por un poco de piedad. A ella no le importaba nada más que la felicidad de su familia y ahora le pasaba esto… se sentía traicionada por Dios. Su visión se fue tornando borrosa. Al recostarla en una camilla no entendía lo que le estaba pasando. Fue llevada a un lugar en donde apenas logró reconocer la voz de su esposo: – Te van a operar mi amor, no te preocupés… solo recostate y descansá… cuando menos te des cuenta vamos a estar de regreso en la casa –.

Le presentaron un consentimiento informado que debía de firmar….





Primera Parte: El Contexto

7 12 2007

     Alimentar a sus niñas día a día, verlas crecer con el pasar del tiempo y envejecer junto a su marido eran unas de sus pocas pretensiones en la vida. A sus veinticuatro años vivía en uno de los sectores abandonados por Dios que tanto abundan en la ciudad, asentamientos que son producto del círculo de miseria que deciden reposar bajo los puentes de una ciudad regida por el desorden. Su casamiento a los quince años fue criticado fuertemente por su padre quien no creía que su esposo sería capaz de brindarle las riquezas que su belleza parecía merecedora. Fácilmente replicó que sus convicciones no daban importancia a las necesidades creadas por una burguesía que rige su mundo vacío con dinero. La crianza de sus cinco hijas le brindaba la felicidad que sería fácilmente envidiable por el hombre moderno. La pequeña “champa” de lámina que llamaba hogar poseía una única habitación que era lo suficiente amplia para ser utilizada de cocina, sala, dormitorio y comedor. Hace meses que la llegada de su hermosa bebé había obligado a la compra de una segunda cama que le robó un poco de espacio a la casa.

     Su dolor de estomago inició hace dos días como una pequeña molestia. –  Me duele en medio de la panza – le contaba a su comadre esa misma tarde mientras planchaban ropa. Después de una gran insistencia había sido convencida para visitar un sobador en las cercanías del barrio pero todo parecía ser inútil. El dolor no parecía mermarse, con el pasar de los días se había convertido en una llaga que latía a ritmo propio y estremecía sus entrañas, al observar cualquier alimento sentía una sensación nauseabunda que apenas le permitía comer. –Los hospitales y doctores son lujos que las personas pobres no pueden darse – se decía a sí misma. Cuando su esposo llegó por la noche trató de disimular lo más posible su sufrimiento y cuando le preguntó que era lo que tenía le respondió: – vos no te preocupés, ha de ser mi enfermedad que está a punto de venirme –. Pasó la noche retorciéndose sobre la cama, se levantó en varias ocasiones a vomitar el poco alimento que había ingerido durante el día. Su temple era cada vez  más preocupante pero ella no estaba dispuesta a alarmar a nadie.

     Un sonido repentino la hizo abrir sus ojos, el celular resonaba fuertemente y el rostro que antes había sido hermoso ahora parecía haber sido poseído por un ente monstruoso. Bajo sus ojos caídos se perfilaban grandes ojeras que daban a relucir el desvelo de madrugada, por su frente escurrían gotas de sudor hediondo y su piel había perdido el color del que siempre se había sentido orgullosa. Al terminar la conversación telefónica se dio cuenta que sus intentos por no hacer más grande el asunto habían sido inútiles, dos horas más tardes su esposo abría la vieja puerta de lámina decidido a llevarla al hospital más cercano. El abdomen se le endurecía lentamente mientras intentaba hacer movimientos delicados para no acrecentar el dolor estridente que no le permitía caminar bien. Su esposo había partido temprano al trabajo y al notar que parecía estar cansada decidió llevarse a las niñas con una de las vecinas. – Mi esposa pareciera estar muy enferma, cuídeme a mis patojas un rato en lo que descansa –. Le tuvo que ofrecer dinero para que aceptara y creyó que talvez con un poco de reposo la situación iba a mejorar.  No le había dejado de preocupar lo caliente que sintió su mejilla al darle el beso de despedida.

     El camino era largo, así que su esposo solicitó ayuda a uno de los vecinos. Fruncía su ceño con fuerza como muestra de malestar, sus ojos adormecían, las piernas se le hacían cada vez más pesadas y sus músculos temblaban sin cesar. El esfuerzo que realizó para llegar al lugar donde se tomaba la primera camioneta fue excesivo. Apenas logró levantar los pies para subir las gradas. Un caballero, como uno de los pocos ángeles que aún existen en la cuidad, le ofreció su asiento. Un pequeño gemido surgía con cada respiración, la tonta necesidad de esconder su sufrimiento había desaparecido completamente. Tuvieron que tomar dos camionetas para poder llegar. El hospital más cercano se encontraba apenas a diez kilómetros pero debido a la ineficiencia del transporte urbano calculaban llegar en tres horas. El tiempo pasaba lentamente y la tardanza fue martirizante.

La entrada del hospital se notaba finalmente a la distancia…